jueves, 10 de diciembre de 2009

Castillo de cartas



En uno de estos últimos días del año me encontraba prendiendo fuego los libros en el patio de mi casa, cuando tuve la fortuna de entrever que por la puerta entraba el compañero Javier Aloé. Ingeniebrio –me dijo taxativamente- usted es un sinvergüenza. Creí comprender lo que trataba de decirme pero por fortuna de mi orgullo aclaró: destruir tan pronto algo que nos costo tanto construir.

Levantándome de la reposera, mientras arrojaba La filosofía y el barro de la historia a la quimera, aclaré –sabe lo que sucede Aloé, el pensamiento atrasa.

Sin más que sopesar el humo que se esparcía, quedamos pensando que hubiese sido de Arlt sin la existencia de Lugones.